24-02-2014  |  11:20

Lineamientos Genéricos Sobre La Ponderación de La Prueba en El Proceso Penal

Por Prof. Eduardo M. Jauchen

Por lo general todo proceso está construido por un cúmulo de pruebas de toda especie y cantidad. De modo que al llegar al momento culmine de la causa, cuando el órgano juzgador debe decidir, habrá de analizar primeramente en forma separada cada prueba, pero luego prosigue necesariamente el examen integral e interrelacionado de todas ellas, mediante comparaciones, evaluaciones y razonamientos que, por medio de la seria ponderación del conjunto, pueda extraerse por vía de la lógica, los aportes periciales técnicos o científicos, la experiencia, la psicología, el sentido común y el recto entendimiento humano, una conclusión sobre la certeza o no del hecho hipótesis de la tesis acusatoria, en cuyo caso sobrevendrá la condena, o bien si, a pesar de toda la labor desplegada en el juicio, la prueba no logra persuadir satisfactoriamente el entendimiento del juez, ya sea porque acreditan la inocencia del acusado o en razón de que sólo sirven para configurar un panorama nebuloso, oscuro, confuso y equívoco, que sólo deja como saldo el estado cognitivo de duda, deberá sobrevenir inexorablemente la absolución.

Según la tradicional esquematización efectuada por Planiol, el juez puede formar su convicción de tres modos diferentes:
  • Mediante la comprobación directa, por sí mismo, de un hecho material, ya sea por la observación de los mismos, como por ejemplo ante la exhibición de los instrumentos, medios u objeto del delito durante el juicio o por medio de una inspección judicial.
  • Mediante las declaraciones de otro, ya sea testigo, perito, de alguna de las partes y de las del propio acusado.
  • Mediante razonamientos que partan de elementos indiciarios comprobados y que lo conduzcan mediante la inferencia al conocimiento de la verdad del hecho desconocido que es objeto del proceso .
El conocimiento directo, al que los ingleses llaman “evidencia inmediata”, entraña el conocimiento mediante la percepción o intuición por los sentidos, no necesitando para este acto recurrir a la lógica. Sin embargo, aquí debemos destacar que lo directo será siempre el conocimiento del material probatorio, que es el que se quiere reconstruir, conocer o inferir. Desde esta específica perspectiva –insistimos– todas las pruebas son indirectas. En este sentido opinaba Ellero que “todas las pruebas, en cierto aspecto, son indicios como consecuencia del delito”. De manera tal que la percepción directa de una prueba por el juez no lo exime de realizar necesariamente, aun en estos casos, el razonamiento mental de inferencia respecto de la misma en relación con el hecho hipotético de la acusación.

Tanto las formas de juzgamiento como los sistemas de valoración de la prueba han ido variando a lo largo de la historia como consecuencia de la evolución social y cultural, de las ideas políticas, de los mecanismos de control social para los que se han mal utilizado a los sistemas penales, al mismo tiempo que varían según la particular sociología que en ciertas comunidades se presenta en forma diferenciada. Basta con enunciar sucintamente el sistema de la íntima convicción que como producto del juzgamiento por medio de un jurado popular se practicaba en Grecia y en Roma durante el apogeo de la República. Sistema que a partir del siglo XIII, con la consolidación de la Iglesia y el Derecho Canónico en Europa continental, sustituye ese método acusatorio por el inquisitivo, donde primaron las pautas de la “prueba legal” o tabulada, mediante la cual una legislación preestablecida y dictada por los déspotas detentadores del poder de las monarquías prefijaba el valor que debía otorgársele a cada prueba y la manera en que un hecho podía tenerse por acreditado o no, confiriéndole un valor supremo a la confesión, la cual probaba acabadamente el delito.

Ello fue lo que condujo, con la paulatina degradación de la estructura política, a la más cruel inquisición; basta dar un repaso a las incalificables atrocidades de esa época evocadas históricamente por Voltaire llegándose a la permisividad del empleo de la tortura a fin de lograr la confesión. Tan inhumano era el proceder como absurdo. Destacó en este sentido el célebre Beccaria que: “Una extraña consecuencia que se deriva necesariamente del uso de la tortura es que al inocente se le coloca en peor condición que al culpable; pues, si a ambos se les aplica el tormento, el primero tiene todas las combinaciones contrarias; porque o confiesa el delito, y es condenado, o es declarado inocente, y ha sufrido una pena indebida. Pero el culpable tiene una posibilidad a su favor; pues, en efecto, cuando habiendo resistido con firmeza la tortura debe ser absuelto como inocente, ha cambiado una pena mayor por otra menor. Así pues, mientras el inocente no puede más que perder, el culpable puede ganar”.

Con el iluminismo y la Revolución Francesa en 1789 se produjo un cambio en todos los órdenes, del que no fue ajeno el Derecho. Se adopta originariamente en Francia un sistema de enjuiciamiento mixto, con una primera faz de instrucción de características inquisitivas y una segunda etapa de juicio con marcada inclinación al antiguo sistema acusatorio. De este modo se atemperan radicalmente las atrocidades de la inquisición; pasando el acusado a ser no ya un objeto de persecución sino un sujeto de derechos en un pie de igualdad con la parte acusadora, cambiando también el sistema de valoración de las pruebas. De ahí en adelante, los países que adoptaron el sistema de juzgamiento por medio de jurados llevaban inherente el sistema de la íntima convicción en cuanto a la valoración de la prueba, salvo Inglaterra que siempre conservó tradicional e inalterable este procedimiento aun durante la inquisición en Europa continental. En los Estados en cuya organización judicial el tribunal estaba conformado por jueces letrados, el sistema fue el de la libre convicción o sana crítica que perdura hasta en la actualidad, como en nuestro país. Como vemos, la evolución de las ideas y las creencias, los cambios políticos y sociológicos, tuvieron su repercusión en las instituciones probatorias.

En la Argentina imperaba generalmente hasta hace aproximadamente una década, tanto en las legislaciones provinciales como en la federal y nacional, el sistema mixto, con algunos pocos códigos que modernamente han adoptado una marcada inclinación acusatoria, como los de las Provincias de Córdoba y Buenos Aires; y otros como el nuevo digesto de la Provincia de Santa fe que se estructura en su totalidad con un sistema puramente acusatorio resguardando así de la forma más perfectible posible la garantía de la imparcialidad. El sistema de valoración de la prueba en todos ellos es el de la libre convicción mediante la sana crítica.

La gimnasia mental que debe practicar el órgano jurisdiccional al momento de resolver la causa radica fundamentalmente en el ordenamiento, análisis, evaluación y combinación de las distintas inferencias que sugiere cada uno de los elementos y medios de pruebas incorporados al juicio, y luego su evaluación en conjunto, lo que importa las comparaciones, compatibilidades o incompatibilidades entre cada uno de ellos, su cantidad y eficacia, su peso probatorio, la posibilidad de descarte o no de las inferencias múltiples o equívocas que pueden surgir de ellos, todo mediante una deliberación objetiva y razonada, a fin de que aquietadas las aguas pueda verse el fondo del recipiente.

En el proceso todos los elementos y medios probatorios se complementan, mediante un juego de interrelación casi necesaria. Y cada uno apoya o rechaza en mayor o menor grado a los restantes y recíprocamente. Más allá de su unidad e independencia analítica a priori, finalmente se presentan como conjunto que sintetizará la prueba concluyente, negativa o positiva.

Las pruebas deben ser primariamente evaluadas autónomamente, pero lo más importante es su consideración entre ellas, ya que si una prueba es contradicha por otra, cuya mayor eficacia se acredita, aquélla queda invalidada. Esto fuerza a examinar si las pruebas concuerdan entre sí, o si se confrontan, a escudriñar cuál es la razón de tal discrepancia para eliminar la de menor eficacia o, excepcionalmente, ambas, cuando se compruebe, por ejemplo, la falsedad de las mismas.

En principio la discordancia entre pruebas debe tomarse como una neutralización entre ellas. Esto fuerza al análisis a fin de corroborar si realmente hay confrontación o si ello no es más que una apariencia que obedece a diferencias accidentales o accesorias que no hacen a la esencia de la cuestión, en cuyo caso mantienen su eficacia, razón por la cual no es recomendable el apresuramiento en desechar pruebas a priori ante una aparente contradicción. En cambio, si existe concordancia, es necesario extraer una inferencia positiva, siempre que tal coincidencia sea corroborada rigurosamente, ya que puede acontecer que la concordancia responda al hecho de que ambas pruebas son falsas. Sin embargo, verificado que las mismas concuerdan en correspondencia con la realidad, supuesto que se torna más probable cuanto más numerosas sean las que se corroboran entre sí, se aborda a un estado de certidumbre.

Los errores en caso de falsedad o coartadas suelen ser varios, mientras que la verdad es una. Ergo, cuando varias pruebas diferentes concuerdan la inferencia de su certidumbre se sustenta no sólo en la cantidad y coincidencia, sino en el hecho de que es improbable que de existir un error el mismo se presente en todas ellas.

No debemos dejar de poner el acento también en la prudencia y precaución que el juzgador debe adoptar frente al supuesto de pruebas coincidentes. Ello así, en virtud de que en ocasiones se presentan casos en los que la concordancia es meramente casual creando una idea ilusoria que no responde más que a una apariencia fortuita, ya que no son poco frecuentes las falsas concordancias o las engañosas coincidencias. Sólo existe concordancia real entre pruebas verificadas como serias y provenientes de distintas fuentes. Tratándose de varias pruebas, si cada uno de los elementos considerado separadamente son equívocos o inciertos, éstos carecen de valor aun cuando unidos presenten una concordancia aparente. Y si no son varios elementos independientes, equivalen a una sola prueba, en cuyo caso la concordancia será superficial, siendo imposible edificar inferencias sobre ellos, pues se corre el riesgo de multiplicar los errores.

Un aspecto importante a tener presente es la posibilidad de la sugestión en el juzgador . Se ha señalado que: “el papel de la sugestión en el campo de la jurística no ha sido valorado como corresponde, sin embargo su presencia es fundamental en el criterio de valoración del individuo, cualquiera que sea el tipo al cual pertenezca” . Se ha estudiado que el pensamiento admite la división en cuatro categorías: la sugestión, la información, la razón y el fondo mental, sosteniéndose que frecuentemente la razón cede ante la sugestión. Será importante, fundamentalmente en el caso del juez que está frente al examen de un caso, tomar las debidas precauciones para no dejar que procesos mentales de sugestión interfieran en su razonamiento de la valoración probatoria.

Aun cuando del examen primario de la integralidad probatoria se desprenda una hipótesis, forzoso es repasar, rehacer el análisis para contemplar la posible existencia de alguna otra hipótesis igualmente factible, en cuyo caso deben confrontarse ambas con los datos ciertos de la causa para verificar cuál de ellas se adecua mejor a ellos. Nunca es suficiente que una hipótesis aparente verosimilitud para ser sin más aceptada; es preciso que sean eliminadas todas las posibles conjeturas contrarias. Finalmente, si a pesar del esfuerzo lógico-analítico subsisten con igual posibilidad varias hipótesis, la duda debe imponerse a favor del acusado rechazando la hipótesis acusatoria.

Toda ciencia se apoya sobre el principio metodológico de la observación, consistente en que no se llega a una conclusión cierta mediante una sola observación, sino a través de repetidas observaciones y experiencias, las cuales deben resultar coincidentes. Este enunciado científico es plena y necesariamente aplicable en materia probatoria.

La actividad mental debe ser guiada por los principios de la lógica, y por la combinación, en base a ella, de inducciones y deducciones. Siempre que se aplica a un caso concreto un principio general, se procede por deducción, que puede exponerse en forma de silogismo, pero todo descubrimiento se obtiene por inducción. Sin embargo, a pesar de que los lógicos sostienen que todo razonamiento probatorio es susceptible de una fórmula deductiva o silogística, ello no parece lo más conveniente ni usual en la práctica. Ello así, debido a que el silogismo parte de una premisa mayor de la cual se origina el razonamiento deductivo, pero sucede que en muchos casos la premisa mayor es sólo dogmática, principista, y carece de comprobación en la causa. Por ejemplo, en un polígono de tiro al blanco a uno de los asistentes, Ticio, se le escapa un disparo de su arma de fuego provocándole la muerte a otro. En el mecanismo silogístico se razonaría de la siguiente manera: a) Los que concurren a un polígono de tiro al blanco a practicar son conscientes de imprudencia; b) Ticio ha concurrido a practicar al polígono de tiro; c) Ergo, ha sido consciente de imprudencia. Si bien la deducción puede ser correcta, en puridad importa admitir como real la premisa mayor, esto es, dándola por sentada aun cuando no esté probada, de donde cabe objetar que la conclusión deductiva es dudosa.

En cambio, si se aplica el sistema inductivo, el razonamiento sería así: el hecho de haber obrado de tal modo, que se le escape un disparo a Ticio demuestra, probablemente, el conocimiento consciente de imprudencia. La conciencia de imprudencia se debe verificar de su modo de obrar en el caso concreto.

El método deductivo saca consecuencias de un principio, proposición o supuesto, que generalmente acontece en la naturaleza de ese modo, llevando a elaborar un silogismo que importa un argumento compuesto de tres proposiciones, donde la última de las cuales se deduce de las otras dos. El método inductivo, en cambio, eleva el entendimiento desde un fenómeno conocido hasta el conocimiento de otro fenómeno desconocido.

Como se desprende del ejemplo expuesto anteriormente, “La transformación en silogismo resulta inútil; pues lo que el juez ha de examinar consiste en la validez de la inferencia contenida en la premisa mayor, la cual se restablece en forma inductiva. No obstante, la forma deductiva puede servir para hacer resaltar los puntos débiles de una inferencia, al obligar a formular con precisión la proposición sobre la cual está basada, especialmente si se refiere a una verdad científica”.

Sólo una representación correcta y completa de la formación de los hechos puede llevar a la creencia en ellos. Pero como la incorporación de las pruebas se va desarrollando sucesivamente durante el juicio, es preciso que la atención del juzgador las vaya ordenando en su conciencia y memoria, asimilando paulatinamente sus efectos acreditantes. Sin embargo, no habrá de atenerse a esa primaria impresión que ellos producen, incluso con repercusiones en el subconsciente. Éste no es, por lo tanto, el momento oportuno para coordinarlos, sino una vez finalizado todo el debate, y en la serenidad de la deliberación.

En el proceso mental de valoración integral del material probatorio es importante no soslayar dos extremos de análisis que frecuentemente son motivos de error. En primer lugar, debe adoptarse la cautela de no omitir la ponderación de ninguna circunstancia que contraste con los elementos de cargo, como tampoco dejar de examinar a fondo los hechos que entrañan más de una interpretación, analizándolos con bases lógicas a fin de desentrañar si en verdad neutralizan la acusación o, por el contrario, debe concluirse sobre su verosimilitud. En segundo término, la conclusión a que se aborde debe ser la que se sustenta satisfactoriamente con la mejor explicación. Pues si frente a esa conclusión existe otra hipótesis más exacta, aquélla no puede ser sostenida; sólo es valedera aquella conclusión que se mantiene incólume y fortificada luego de haber excluido las otras alternativas posibles. Pero como en virtud del principio non liquet se requiere una síntesis final, determinativa de la convicción del juez, para lograr este resultado de selección y eliminación debe operarse rigurosamente con apoyo en la lógica, la observación y la experiencia, y así escoger, entre las varias alternativas, la más admisible y natural.

Los pasos previos que conducen a esa conclusión final, en la que cada juez no sólo delibera con sus pares sino que simultáneamente se produce un debate interno en su intelecto, son: establecer concretamente el material probatorio producido y enfrentar el resultado obtenido de cada uno de ellos y luego de su integración con el hecho hipotético de la acusación. Luego analizar los elementos de descargo, infiriendo el peso acreditante de cada uno de ellos para luego confrontarlos con los de cargo a fin de estimar cuáles resultan más acertados. Finalmente, efectuar el análisis integral de la constelación probatoria que se ha incorporado al juicio, y solo a estas, de modo que no influyan en su razonamiento prejuicios ni conocimientos con origen externo a ese conjunto probatorio, pues de este modo se violaría el principio de exclusividad de la prueba en el juicio y con ello el derecho de defensa.

Como todo elemento de prueba, en alguna medida, produce alguna creencia o alguna duda, la conclusión debe formarse como una escultura, no sólo por su impronta representativa y la solidez de su cuerpo, sino más bien por la prudencia de las manos del escultor que, moldeando, va eliminando del material utilizado los desechos, hasta formar una figura que por la fuerza de sus expresiones, seduce y convence al observador sobre su aparente realidad. Del mismo modo, el juez habrá de desechar las circunstancias inverosímiles, equívocas o no probadas, y conservar aquel material que, luego de verificado objetiva y razonablemente, resulte digno de fe y convicción, sustentando su resolución en dichas pruebas, mediante la reproducción de los razonamientos que lo condujeron a tal decisión, a fin de que la comunidad observe tal resultado, sintiéndose seducida y convencida de la misma forma que los observadores de la escultura, con la diferencia de que allí el ciudadano se siente gozoso frente a la estética, mientras aquí se persuade de la justicia plasmada en el caso concreto, y con ello percibe y estimula la seguridad jurídica necesaria para la pacífica coexistencia social.

BIBLIOGRAFÍA
Eduardo M. Jauchen, Tratado de La Prueba en Materia Penal.

Acerca del Autor

Prof. Eduardo M. Jauchen

Profesor Titular (por concurso) de Derecho Procesal Penal de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la UNL.

Ha ocupado los cargos de:
  • Presidente del Instituto de Derecho Penal del Colegio de Abogados de Santa fe;
  • Profesor Adjunto de Derecho Procesal Penal de la Facultad de Derecho de la UCSF;
  • Conjuez del Juzgado Federal de Santa Fe;
  • Jurado del Consejo de la Magistratura de la Nación para la Selección de Magistrados.
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